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Todo es una mierda, nostalgia de los 90

La nostalgia está de moda, eso es un hecho. Y si en los últimos años hemos tenido nuestra dosis de nostalgia ochentera, con remakes de clásicos, series y películas, que literalmente nos trasladan a aquella década, sabíamos tarde o temprano iba a tocarle a los noventa. Por eso hoy SALIMOS DEL MICROONDAS para hablaros de ‘Todo es una mierda’.

Si ahora tienes entre treinta y cuarenta años, pasaste por el instituto en los noventa. Una década que está bastante denostada en cuanto a los productos pop ya que, en la comparación con el cine de los ochenta, suele salir perdiendo. Pero musicalmente fue una década genial llena de rock, pop y música independiente en el que la llegada de Internet hizo que todo el mundo tuviera acceso a mucho material por primera vez. Y es en estos años, en un instituto, donde sucede la historia de Todo Es Una Mierda. Y es que la visión idílica de los institutos norteamericanos y, sobre todo, de la adolescencia queda, completamente destrozada.

La serie nos acerca a un instituto en 1994 donde un grupo de amigos se enfrenta a los cambios que suponen estos años, tanto físicos como de personalidad. El hecho de situarla en los noventa es, básicamente, con el objetivo de darle un toque de nostalgia que llegue tanto a los padres como a los hijos, porque los temas de los que se hablan, la verdad, son tan actuales ahora como antes. El descubrimiento de la vida sexual, la amistad, la diferencia generacional entre padres e hijos y todo ello con un toque que raya la tragicomedia. Porque, no os equivoquéis, esto no es una comedia, por mucho que nos la presenten así en el material promocional o en los trailers.

Durante los diferentes episodios y como hilo central vemos como un grupo de frikis aficionados al cine y la audiovisual se unen al grupo de teatro, sus fervientes enemigos sociales en el instituto, para crear una película de ciencia ficción como proyecto de fin de curso. Una historia que hemos visto mil veces en la pantalla y que no tiene nada de original pero que, curiosamente, funciona al introducir canciones que nos tocan la fibra y nos hacen sentir aquello de “yo pasé por esto”. Cabe destacar a la protagonista femenina interpretada magistralmente por Peyton Kennedy, que se enfrenta a su sexualidad en una época en la que salir del armario tan joven no era tan común y como lo es ahora. Por suerte, hemos avanzado en muchas cosas aunque aun hay camino por recorrer…

El problema que le vemos a Todo es una Mierda es que huele un poco a producto prefabricado para que sintamos precisamente eso, nostalgia. Y, claro, pierde mucha frescura y la historia se resiente de ello, además de que los personajes masculinos son estereotipos con patas, bastante poco creíbles. Aun así, se deja ver, quizás porque tiene poco menos de diez episodios.

Así que si tienes ganas de recordar aquellos maravillosos años… noventa, escuchar una música genial y volver a ver muchísimas camisas de cuadros y peinados grunge, Todo es una Mierda es tu serie. Pero, eso sí, acompañándola de Popitas.

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