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popitas - harry potter y la piedra filosofal

Harry Potter y la piedra filosofal como nunca te la habían contado

Cuando ya llevamos casi dos meses desde que el colegio de magia y hechicería Hogwarts abriera sus puertas para el nuevo año lectivo y, aprovechando que este año comenzará a estudiar en el mismo el hijo de Harry Potter, hemos pensado que es un buen momento para ir recordando todas aquellas fantásticas películas. Por eso HOY SALIMOS DEL MICROONDAS para profundizar en Harry Potter y la piedra filosofal.

Todo empieza con un señor vestido con una extraña túnica decidido a fundir todas las farolas de un vecindario inglés. El motivo es simple: van a dejar a un niño, con la excusa de defenderle y protegerle, a cargo de sus tíos, una familia completamente incapacitada para cuidar un cactus y mucho menos un niño. Al parecer, él es el elegido, el niño que sobrevivió. Y claro, lo mejor va a ser dejarlo al cargo de unos maltratadores. Años más tarde, el niño vive en un armario-trastero bajo la escalera (lo llaman alacena porque queda mucho más chic pero en realidad, nos pongamos como nos pongamos, es un trastero). Además usa la ropa vieja de su primo y no tiene ni idea de sus orígenes mágicos. Por eso cuando llega una carta invitándole a empezar sus estudios en la escuela de magos más famosa de Inglaterra, a sus tíos muy bien no les parece, así que se ponen en modo psicópata y acaban mudándose a una pequeña isla en medio del canal de la mancha. Cuando llega un señor de dos metros y pico con pinta de vagabundo en una moto voladora con una tarta, Harry se va con el… imaginad como son los puñeteros tíos del crío que éste no duda en irse con este personaje. Total, que vuelven a Londres a comprar los libros y todo lo necesario para empezar a estudiar… Ah, por cierto, Harry es rico y eso le mola.

En el tren camino al colegio conoce a los que serán sus nuevos (y mejores) amigos, Ron y Hermione. Este momento es importante porque a lo largo de los siete libros, ellos son los que consiguen mantener con vida al torpe de Harry, que no para de meterse en jaleos. Porque ahora con 11 años es un niño adorable y tal, pero después se convierte en un adolescente un poco tontete… pero ya llegaremos a la edad del pavo.

Al parecer en el colegio todo el mundo le conoce ya que es famoso por haber derrotado al que no debe ser nombrado (¡Voldemort! Las popitas si le nombramos porque somos muy valientes). En eso que le encasquetan un sombrero que habla y le meten en una torre del castillo con otros niños magos de una secta llamada Griffindor, que van de rojo y su signo es un león… ¡Pero si esos son los Lannister de toda la vida! En fin, durante unos meses van a clase y conocen a Snape, un tío muy sieso que canta a malo a kilómetros de distancia. Un buen día uno de los profesores que por algún motivo usa turbante, entra corriendo diciendo que hay un troll en las mazmorras y ahí comienzan lo chungo. Le siguen un perro de tres cabezas, un espejo que te muestra tus deseos y un montón de cosas que quieren matar a Harry y a sus amigos, sin olvidar la navidad en la que recibe una capa invisible y el Quidditch en el que, no se sabe muy bien cómo ni por qué, Harry es la caña.

Ya hacia el final, habiendo superado tres pruebas muy chungas, Harry se ha quedado solo porque tanto Ron como Hermione se han sacrificado por él (iros acostumbrando que esto volverá a pasar), en una habitación un pelín caldeada en la que se enfrenta al malo, el tío del turbante, que resulta que se lo pone porque donde debería tener cogote tiene un mini Voldemort. Harry forcejea con el profesor y le toca la piel matándole inmediatamente… con once años… a sangre fría… sin causarle ningún problema psicológico. Lo que viene siendo un acto psicopático en toda regla, pero da igual porque lo importante es que hace magia, es tope mono y vuela en escoba. Y ese es el mensaje del primer Harry Potter. Así que se acaba el año y Harry vuelve con sus maltratadores… to’ reshulo.

Y hasta aquí el análisis objetivo y muy cuidado del primer Harry Potter –la película-. Ah, y no olvidéis que sin Popitas… ¡no hay magia!

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